Haciendo una valoración estos días, veo que en los últimos años, la medida de ahorro que más han tomado nuestros clientes no ha sido el recorte en tiradas de impresión, que claro que se está haciendo, sino que para nuestra sorpresa, lo que más abunda es que el cliente nos envíe el "arte final". He entrecomillado lo de "arte final" con la intención de hacer una ligera ironía ya que todo parecido con un verdadero arte final suele ser pura coincidencia.
Cada vez que un cliente nos pide un desglose en el precio de la impresión y la maquetación, ya sabemos cual será la respuesta mayoritaria: sólo imprimir. Pero también es mayoritario el resultado del "arte final" al analizarlo antes de imprimir: no deberíamos imprimir así. Entonces llega el gran dilema: ¿lo arreglamos (sin posibilidad de cobrarlo) o invertimos un largo rato en relacionarle y explicarle al cliente los cambios que tiene que llevar a cabo para que quede decente?
En los tiempos de la tipografía el maquetador era el cajista, después fue el fotocomponedor, pero ahora las infinitas herramientas informáticas dan la posibilidad de "maquetar" a cualquiera. Es por esto que muchos se animan a ahorrarse el trabajo del maquetador, y que en muchos casos se convierte en tener que hacer una serie de arreglos que son más costosos que la propia maquetación. Además de esto están los aspectos estéticos, que por falta de experiencia, práctica, manejo del software, o las propias limitaciones del programa empleado, el resultado visual deja mucho que desear, y esto influye de manera importante en el impacto del material impreso.
En un alto número de ocasiones el cliente no requiere de un gran proyecto creativo con muchas horas de desarrollo y diseño, simplemente la elección de una buena tipografía, el uso de un par de buebas fotos, unos márgenes adecuados y unos colores idóneos consiguen montar en pocos minutos un pequeno folleto vistoso y atractivo.
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